los dos se desnudaron y besaron
porque las desnudeces enlazadas
saltan el tiempo y son invulnerables,
nada las toca, vuelven al principio.
Octavio Paz
Se nos mostró el mar y yo creí saberlo entonces. Era él y nunca habría otro. Teníamos diecisiete años en esa primera tarde y no hablamosuna sola palabra, solo estuvimos ahí, sentados, mirando las olas romper
contra la escollera. Esa fue la primera, pero vinieron otras, vinieron muchas más, y noches y mañanas despertando tan juntos como solo una cama sencilla y angosta puede hacer que despierten dos amigos que aún se necesitan. Como en los sueños y las pesadillas, los días no duraban entonces un tiempo definido, o para decirlo de otro modo, el tiempo no existía, ni el lugar, ni la rosa de los vientos. Nos llamaban los extranjeros y nunca los desmentimos. Guardábamos el mismo silencio que guardaban ellos cuando entrábamos a tomar una cerveza al único bar que había en ese pueblo. A veces dos, siempre callados, rozando nuestros codos, rozando las miradas y, de vez en cuando, una sonrisa que nos llenaba de ansiedad y de vergüenza. No había dinero ni futuro, todo era un hoy plano e iluminado por la yerba que se desvanecía en el aire. El corazón valía lo mismo que una espalda, que una sonrisa, un abrazo y todo era tan níveo como aquellos amaneceres que nunca terminaban. Un pescado, un cangrejo servían para alimentar los pocos años. Hasta una palabra era suficiente. Despertar en la madrugada a jalar redes, siempre al mismo ritmo, en el jadeo acompasado de una veintena de respiraciones. Recibir una parte del mar que luego convertiría aquella mujer de nombre Flor en algo sencillo. Su risa nos hacía sentir seguros ahí, sentados, rozando
entonces las rodillas bajo su mesa, devorando la carne jugosa y blanca. Dios no había dividido aún al hombre, el monstruo era uno, deformado por sus ansias de quererse, pero con la plenitud de la inocencia.
Después de atiborrar el estómago, salíamos al sol, y era el sol quien nos urgía a correr por la calle empedrada hasta la arena, arrancar la camiseta, el pantalón y desnudos, hermosos por una juventud que creímos eterna, lanzarnos a las olas a buscar lo que fuera. Podía venir entonces la competencia, el abrazo, un golpe o simplemente la sal en nuestras axilas. Dormir, dormir, errar el rumbo una y otra vez hasta caer rendidos entre caracoles, arena y plumas de albatros viejos. Terminar sobre la arena, un descanso en donde miles de gotitas cubrían la vista del cielo y de sus piernas. Y escuchaba su risa y sus planes que a la mañana siguiente se convertirían en otros planes y otra risa. Todos los días. Después de hacer lo mismo, venía el silencio que se rompía con el grito de la gaviota, de la sirena de un barco adormecido que estaría a punto de atracar. Permanecíamos desnudos hasta que nos dábamos cuenta, hasta que la vergüenza regresaba y nos cubría, y no hablábamos entre nosotros como si el hablar estando así nos hiciera traspasar esa barrera, como si realmente el estar desnudos nos volviera tan indefensos como los cangrejos. Los pocos años hicieron sobrevivir al deseo. El misterio de lo que no se entiende, el misterio de lo que más se ansía, siguió siendo solo eso. Callados subíamos nuestros shorts hasta la cintura, metíamos nuestras camisetas por el cuelo y volvíamos a sonreír y a sentirnos seguros de quien teníamos que ser siempre. Entonces podía volver el abrazo que se esparcía sobre la arena convertido en sombra.Un pez se enamora de su sombra, nada sobre ella, desea perderse en ella hasta que una sombra mayor le da alcance.Quizá nuestro pecado fue creer que el mundo nunca terminaría. La culpa fue del mar, quizá, o de la luna que se sigue sintiendo tan joven. Creímos que una mirada no podía causar mayor estrago que un golpe cariñoso o una caricia nocturna entre dos amigos. Pero aquella mirada hacia una niña, decidió el final de algo que apenas comenzaba.
La manzana cayó del árbol sin que el hombre se diera cuenta, la manzana se fue pudriendo y de ahí nació la vergüenza. No existió el crimen como en otras historias parecidas. No lancé su cuerpo ni mi cuerpo hacia las rocas. Ni siquiera el reloj se detuvo. Tan solo se diluyeron las palabras, aumentaron de dos a tres las lágrimas, hubo un dolor de tripas y los silencios se convirtieron en abismo. Todo duró hasta que nuestras
huellas empezaron a dividirse, igual que del norte se separó de sur para buscar otro camino. Nunca más beber del mismo vaso, nunca más la misma cama, el mismo beso. Los adioses son para los viejos, los adioses no existen en las jóvenes manos. Es la muerte la mensajera del deseo. Los extranjeros se fueron una mañana, deben haber dicho aquellos pescadores. Y fue lo mejor para las personas de aquel pueblo, porque el amor que al no cumplirse no termina, es una maldición que siempre trae escondido su castigo. Y los castigos no le gustan a la gente. Un extraño viento recorre la playa, no viene del mar ni se adentra en este. Es un viento extraño, más que un viento un vaho, un suspiro… Pero volvimos. Cada quien volvió en diferente fecha, yo convertido en vieja culpa, él convertido en él, sin dejar de ser joven recuerdo, y encontramos lo que nunca se había ido. No era más que nostalgia, podrán decir los hombres cuerdos, pero no fue verdad. Todo permaneció, ahí, sin inmutarse, hasta la desnudez que acompañó siempre a la noche, hasta el dolor de no ser siempre lo que uno pretende.
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